Historia de las mujeres en Euskal Herria
      es un artículo de Carmen Diez Mintegi incluido en el libro EUSKAL BORROKA FEMINISTA aurrera!!
      publicado por Egizan en 1999; pp.105-117.


      Historia de las mujeres en Euskal Herria

      Carmen Diez Mintegi

      Una primera cuestión ante el título propuesto es la de si verdaderamente existe una historia específica de las mujeres en la sociedad y la cultura vasca, o si bien es necesario replantear de forma crítica la historia general de la propia sociedad vasca en su conjunto y reconstruirla desde visiones críticas y no androcéntricas. En cualquier caso, plantear una visión de la situación de las mujeres en el conjunto de Euskal Herria no es tarea fácil. Por un lado, las diferencias de sus distintos Territorios Históricos y sus peculiaridades específicas deben de tenerse en cuenta; por otro, la heterogeneidad del propio colectivo femenino dificulta también esta tarea. En este sentido, los datos y opiniones que se aportan en este trabajo se refieren básicamente a la Comunidad Autónoma Vasca y a Navarra1. Aunque ciertos aspectos podrían hacerse extensivos al norte de Euskal Herria, las diferentes historias política y económica de ambas zonas obliga a una mayor profundización –que personalmente no puedo abordar- para tratar tanto las diferencias como las similitudes que pudieran existir entre ellas.

      Hecha esta salvedad, voy a plantear algunas cuestiones generales que permitan una discusión en torno a la situación histórica y a los principales problemas de las mujeres en nuestra sociedad, sociedad que está estructurada y organizada sobre la base de diferencias y desigualdades sociales, y en la que el género aparece como un eje o variable fundamental.

      Será mi propia biografía la que servirá de guía, a través de mi experiencia como mujer, feminista y estudiosa de estos temas; presentaré primero un esbozo del contexto social e histórico de los últimos treinta años, tomando como eje el mundo laboral y educativo, para pasar más tarde al campo teórico, es decir, a la forma en que se ha tratado la construcción y explicación del ser mujer desde las ciencias sociales y más específicamente desde la Antropología.

      Hay preguntas que pueden parecer banales pero desde las que me gustaría partir. Por ejemplo, ¿Cuáles son los problemas que mueven a algunas mujeres jóvenes de hoy a organizarse y a plantear unas jornadas en las que debatir los temas que estamos tratando aquí?, ¿Qué diferencias encontramos entre la situación actual y la que tenían muchas mujeres jóvenes a finales de los años sesenta o setenta?.

      Los cambios que pueden medirse

      Creo que una característica que define al "franquismo"2 –en relación al tema que nos ocupa- es la de haber instaurado y puesto en práctica la validez de un único y exclusivo modelo válido de mujer: el de madre y esposa dedicada a las labores del hogar. Durante las décadas del franquismo, las mujeres que no se ajustaban a ese modelo ideal eran catalogadas como solteronas o como prostitutas. Por supuesto, la situación de ese gran colectivo de "amas de casa" era muy variada; las mujeres de buena posición económica gozaban de las ventajas de su clase social, mientras las mujeres de clase baja –la mayoría- peleaban para llegar a fin de mes y lo que era más usual, se dedicaban –además de a las tareas domésticas- a otras actividades, fuera y dentro del ámbito doméstico, para contribuir a la economía familiar. Es decir, el hecho de que se construyera un modelo único e "ideal" para las mujeres, no impedía que en la realidad encontráramos mujeres de todo tipo y condición. A pesar de estas condiciones reales, si hablamos de los sistemas de valores que rodeaban la vida de las mujeres en esa época, tenemos que resaltar la presencia generalizada de una "imagen sublimada de la figura de esposa y madre, centrada en el mundo del hogar y que en la práctica condiciona y dedica su vida a la realización de ese papel" (Diez, 1993:171).

      A pesar de los cambios hacia una mayor industrialización y una forma de vida más "moderna" que se dieron en el País Vasco en el período comprendido entre 1950 y 1975, la baja actividad laboral de las mujeres no cambió en la práctica y sólo a partir de esa fecha comenzó a hacerlo lentamente. En este tema, es importante distinguir entre la actividad de las mujeres solteras y la de las casadas, ya que, por ejemplo, en el año 1975, si tomamos como referencia el grupo de edad comprendido entre los 35 y los 39 años, se observa que un 81% de las mujeres solteras aparecían como "activas" y, sin embargo, solamente figuraban como tal un 5,5 % de las casadas (Arregui, 1987). Así, serán los índices de crecimiento de la participación laboral de las mujeres casadas lo que indicará un cambio en las actitudes, comportamientos y valores, junto, por supuesto, a otras variables como puede ser, precisamente, el aumento del número de mujeres que no optan por el matrimonio.

      En relación a los niveles educativos en esa época, también se constata que eran muy bajos. En 1970 se aprobó la Ley de Educación General Básica; en esa fecha, el 75% de las mujeres tenía exclusivamente niveles de educación primaria y un 12% fueron registradas como "sin educación". Esta situación comenzó a cambiar rápidamente y en 1981, el 82% de las mujeres entre 15 y 19 años había conseguido unos niveles educativos pre-superiores (ibid, 55-57).

      ¿Qué situación encontramos en la actualidad en relación a estos dos aspectos importantes de la vida social?. En la C.A.V., en el año 1985 y en la franja de edad de 25-44 años la tasa de actividad de las mujeres "no solteras" era del 37 %; según datos de 1996 para ese mismo grupo, en la C.A.V. un 66% de las mujeres "no solteras" figuran en las tasas de actividad. A pesar de este cambio, no se pueden echar las campanas al vuelo; en primer lugar, de las cifras de actividad no se deriva que ese colectivo de mujeres "activas" esté dentro del mercado laboral, ya que, de forma global, menos de 3 de cada diez mujeres tienen un empleo, así, en la C.A.V. hay 119 mil mujeres que quieren trabajar pero no pueden hacerlo; esta cifra se reduce a 86 mil en el caso de los hombres.

      En relación al acceso a la educación, la situación también ha cambiado ya que en el nivel más alto, el universitario, el colectivo femenino representa en la actualidad el 53 por ciento del número total de estudiantes, aunque se mantienen los sesgos en la elección de los estudios.

      Como vemos, en términos cuantitativos, a pesar de las diferencias todavía existentes, podríamos sentirnos optimistas e incluso algunas personas dirían que el cambio total hacia una sociedad igualitaria es cuestión de tiempo y que las y los jóvenes de hoy tienen unas condiciones similares de preparación y tendrán las mismas posibilidades en el futuro en el acceso a la riqueza y al poder. En mi opinión, esta postura es reflejo de una actitud etnocéntrica, muy extendida en el mundo occidental, que percibe la marcha de la humanidad como un camino hacia el progreso y sitúa al propio occidente a la cabeza del mismo. Visto el panorama desde una visión no reduccionista y simplista, una primera cuestión es la de que el tratamiento pragmático de los datos reseñados más arriba, deja de lado distintas cuestiones como es, por ejemplo, la revisión crítica de qué se considera actividad en términos económicos (Benería, L. et al, 1996), y la necesidad de plantear el debate sobre el reparto del trabajo doméstico, así como la necesaria articulación de las actividades remuneradas y no remuneradas para la reproducción de la vida social en su conjunto.

      Es en este punto donde la cosa se complica, y donde aparecen una serie de preguntas y puntos de discusión que pueden ser muy variados, pero que intentaré articularlos en tres ejes principales. Primero, ¿podemos interpretar la historia y la situación como una marcha hacia delante, hacia el progreso; somos las mujeres en la sociedad occidental actual las que hemos llegado a tener una situación privilegiada con respeto a otras mujeres en cualquier tiempo y lugar?. Segundo, ¿se diferencia la sociedad vasca de otras del entorno occidental en relación al tema de las desigualdades: mujeres y hombres, clase, opción sexual, procedencia étnica?. Tercero ¿queremos todas las mujeres participar en igualdad a los hombres en el acceso a la riqueza y al poder en la sociedad actual?.

      Trataré de ir –si no respondiendo-, sí comentando estas preguntas y algunas de las cuestiones que se derivan de ellas, tratando de contrastar los planteamientos que proceden de la construcción teórica convencional, generalmente androcéntricos y etnocéntricos, con la construcción teórica crítica feminista.

      El funcionamiento de los sistemas de género

      Cuando hablamos de género, no hablamos de las mujeres; hablamos de una construcción social del comportamiento que se supone es el apropiado para las mujeres por un lado y para los hombres por otro, construcción que está basada en el hecho de que somos seres sexuados3. Así, nacer macho o hembra (diferencia biológica), implica hacer mujeres u hombres (diferencia social), que tendrán que comportarse de acuerdo a unos cánones de lo que es lo femenino y lo masculino. Que cosa es la feminidad y la masculinidad variará de un contexto cultural a otros, así como de unas épocas a otras.

      Así, los sistemas de género presentan diferentes características dependiendo de tiempo y lugar, es decir, la diferencia de poder entre los sexos cambiará según la sociedad que se analice y cambiará también dentro de una misma sociedad en distintos períodos históricos (Varela, J., 1998). Esta diferencia de poder será un indicativo del grado de jerarquía que el sistema de género presenta; en la sociedad occidental prevalece un sistema de género androcéntrico, denominado patriarcal, que sitúa a los hombres en una posición privilegiada en relación al acceso a la riqueza y al poder, en detrimento de las mujeres cuya actividad principal se piensa está ligada a la reproducción de la vida biológica y doméstica y al cuidado.

      De acuerdo con esta definición de lo que son y como funcionan los sistemas de género, no podemos pensar en la situación e historia de las mujeres sin tratar la historia y situación de los hombres, es decir, si utilizamos la perspectiva de género deberemos pensar en términos relacionales; nunca entenderemos el comportamiento del colectivo femenino o del masculino sino los situamos en un mismo plano y observamos la articulación entre ambos en un determinado espacio y lugar.

      Al hablar de un sistema de género es preciso también tener en cuenta distintos espacios que interactúan dentro del mismo (Connel, 1987; Saltzman, 1992). Así, el espacio doméstico puede presentar unas características para su análisis diferentes de las que presentan los espacios intermedios como son los del mundo laboral, el mundo educativo, o distintos tipos de asociaciones, y, por supuesto, de un tercer espacio que sería el más general a nivel de la sociedad como puede ser el mundo del poder político y del poder económico.

      Por otro lado, las variables de clase social, edad, procedencia étnica, o preferencia sexual, dentro de los colectivos humanos, introducen variaciones en las relaciones entre mujeres y hombres, pero también entre mujeres y mujeres, así como entre hombres y hombres. Ahora bien, cuando se señala que la categoría género atraviesa todas las demás variables en una determinada cultura, se está diciendo que en esa cultura se impone una determinada forma de pensar el comportamiento adecuado que de una forma generalizada deberán tener mujeres y hombres, y se concibe a la totalidad de mujeres y hombres en términos de dos colectivos uniformizados4. Esta generalización en la forma de construir lo que es un hombre o una mujer, debe ser tenida en cuenta al observar las identidades individuales y grupales, y la forma en que las variables de clase, edad, procedencia étnica o preferencia sexual se articulan en su configuración.

      He señalado anteriormente como la construcción de un modelo ideal único pensado para las mujeres era muy claro durante el franquismo; en la actualidad, es innegable la existencia de una mayor pluralidad en los modelos reales de ser mujer, sin embargo, creo que puede seguir planteándose que el papel principal que se piensa corresponde realizar a las mujeres es el de su responsabilidad como madres y como cuidadoras, por encima de sus carreras profesionales.

      La posibilidad de establecer esta correspondencia entre "mujer/actividad reproductora y cuidadora" versus "hombre/actividad laboral y pública" vendría dada por el proceso que se conoce como naturalización (Amorós, 1997; Stolcke, 1992). Es decir, la biología y la identidad femenina estaría preparada, por "naturaleza", principalmente para ejercer dichos papeles, las demás actividades serían un añadido, un suplemento que las mujeres realizarán siempre y cuando no entren en contradicción con su cometido principal. El hecho de no cumplir con este último y adoptar una posición activa plena en otras actividades profesionales, implicará muchas veces el que a una mujer se le atribuyan características viriles. Lo contrario, si un hombre adopta actitudes y/o realiza tareas que se suponen deben ser hechas por las mujeres, es fácil que sea tachado de "femenino".

      Señalaba anteriormente la necesidad de tener en cuenta tanto distintos espacios que interactúan dentro de un sistema de género, como las diferencias que la clase social, la edad u otro tipo de variables establecen entre mujeres y mujeres o entre hombres y hombres, además de las creadas entre mujeres y hombres. Así, unas relaciones más igualitarias aparecen cuando los dos miembros de una pareja tiene una situación laboral y económica similar y una ideología de género progresista. Por el contrario, tanto en las relaciones que se observan entre miembros de las clases sociales más bajas como en las más altas, las relaciones tienden a estar más jerarquizadas y a reproducir papeles diferenciados (Diez, 1993)5.

      En los espacios intermedios, considerando dentro de estos el mundo laboral, asociativo, etc., las situaciones pueden ser muy diversas dependiendo de las características de los mismos. Una primera observación sería la que esos mismos espacios pueden ser reconocidos por presentar una dicotomía entre espacios femeninos y masculinos. Esto puede apreciarse por ejemplo en el mundo de la educación: en el nivel educativo se reflejan grados de feminización; en el mundo de la salud las diferencias entre el colectivo de enfermería y la clase médica son todavía muy evidentes; en el mundo asociativo: las diferencias de prestigio y poder entre los sindicatos, los clubes de fútbol, o las asociaciones de mujeres son evidentes.

      Otro tanto podríamos señalar del mundo del trabajo, claramente dividido hasta el momento entre espacios femeninos y masculinos y con un claro predominio de los varones en puestos de responsabilidad y poder y con una situación discriminatoria para las mujeres que continúan percibiendo un salario menor que los hombres por el mismo trabajo6.

      Por último, creo que es al nivel más general de la sociedad, en los ámbitos del poder político y económico, e incluso el cultural, donde el poder hegemónico es claramente masculino. Basta con observar diariamente los distintos medios de comunicación para tener constancia de esta situación. En este sentido, es muy interesante la perspectiva de análisis que se preocupa del estudio de la construcción y reproducción social de un modelo de masculinidad hegemónica, que actúa como referencia y modelo ideal para sancionar la aparición de otras masculinidades -menos viriles, homosexuales, intergenéricas-, (Connel, 1995). Quisiera resaltar en este sentido la importancia que el mundo del deporte tiene en la sociedad actual en la reproducción y consolidación de un modelo de masculinidad hegemónico (Diez, 1996).

      La interrelación entre estas distintas esferas es innegable; la representación de lo público, claramente masculina, incide en la forma en que se estructuran los espacios intermedios señalados; todo esto, a su vez, repercute en las posibilidades de cambio en las relaciones domésticas. Sin embargo, creo que es positivo el que se piensen y analicen estos distintos espacios en sus términos y volver continuamente de lo más particular a lo general y al revés, para tener una visión más clara de la complejidad que presentan los sistemas de género y poder también avanzar en el conocimiento no solo de cómo se mantienen, sino como pueden cambiarse.

      Llegados a este punto, puede ser plantear la cuestión de si las mujeres que vivimos en el mundo occidental en la actualidad, tenemos una situación privilegiada en relación con otras mujeres de otras culturas y de otras mujeres en otros momentos históricos y si hemos conseguido una situación de igualdad a los hombres. Considero que la respuesta no es fácil ya que debemos tener en cuenta múltiples variables y situaciones diferenciadas entre las propias mujeres y también, el desconocimiento y la visión sesgada por los medios de comunicación que tenemos de otras culturas (Juliano, 1998), sin implicar esto que estoy defendiendo un relativismo ético y que debe lucharse por la erradicación de las múltiples situaciones de opresión y abuso que se dan en múltiples sociedades. Por otro lado, pienso que esta cuestión nos obliga a entrar en la segunda cuestión que planteaba al comienzo, ¿se diferencia la sociedad vasca de otras de su entorno en relación a las desigualdades tanto entre mujeres y hombres como en otro tipo de desigualdades sociales?.

      Aislamiento o interrelación entre culturas

      El estudio de la cultura ha sido el objeto principal de la Antropología Social y Cultural, sin embargo, hay que reconocer que la forma de definir y entender lo que es lo cultural es vista de forma muy diferente por distintas corrientes dentro de su seno. A grandes rasgos, vemos que hay una forma de concebir la cultura que la define como algo específico, único, como una totalidad propia de una comunidad, limitada a un grupo humano y que se concreta en un área determinada, es decir, en términos de una especie de organismo que se transmite, perpetúa y/o puede ser aniquilado; hay otra perspectiva que percibe la cultura en términos más dinámicos, como algo que se construye en interacción con procesos históricos y económicos y que integra la identidad como un elemento constitutivo (Comas, 1998).

      Desde esta última perspectiva, entendería que nuestra forma de vernos y pensarnos como pueblo vasco en la actualidad, no esta determinada por algún tipo de esencia cultural que nos constituye como tal desde no sabemos que pasado remoto, sino por la historia de encuentros y desencuentros con lo que nos rodea y por la articulación entre el entorno exterior e interior, es decir, nuestra realidad actual podría ser muy diferente, dependiendo tanto de factores externos como desde las respuestas que se han ido elaborando internamente. Así, por hablar de lo más cercano, creo que el proceso de crecimiento industrial y de consolidación del sistema capitalista a finales del siglo XIX y más tarde en los años sesenta; la Guerra Civil y la instauración del período franquista durante treinta y cinco años; o la actual consolidación de la Unión Europea, son aspectos que forman parte de nuestra propia historia como pueblo y ha configurado la construcción de nuestro actual sistema cultural.

      Es desde esta última perspectiva desde donde entiendo debe enfocarse el análisis de las relaciones de género en nuestra sociedad. Cuando a comienzos de los años ochenta un grupo de personas dirigido por la profesora Teresa del Valle iniciamos un estudio comparativo sobre la mujer vasca, había una idea o eje principal que guiaba la investigación: demostrar las diferencias que existían entre las mujeres vascas, y tratar de desarticular la imagen unitaria que la antropología tradicional venía ofreciendo de dicha mujer (del Valle, et al., 1985). Esta imagen unitaria se basaba en la presentación de una mujer vasca que respondía a una idealización de la mujer rural, o mejor, de la mujer del baserri, presentada como la sacerdotisa del hogar. En esa imagen tradicional, las mujeres de carne y hueso, las mujeres del mundo rural de gran parte del País Vasco, las mujeres del mundo urbano -amas de casa y trabajadoras en las fábricas-, o las mujeres de la costa no estaban presentes.

      Opino que únicamente desde una concepción que define la cultura como un organismo que actúa y se reproduce no solo a nivel social, sino en cada uno de los miembros de una comunidad, puede pensarse la cultura vasca como una substancia esencializada, con unas características que la definen y constituyen y que hay preservar de las fuerzas exteriores que la destruyen. Desde esta perspectiva, puede pensarse también en un prototipo de mujer vasca, en una mujer ligada a la tierra y defensora de los valores familiares tradicionales. Esta mujer es la que sirve también de modelo a la hora de plantear la existencia, en un período perdido en la historia mítica, de un supuesto matriarcado vasco.

      Por el contrario, creo que únicamente desde una visión que entienda la cultura como algo dinámico, que se construye en el día a día por los actores sociales en un entorno que les constriñe, un entorno que a su vez está enmarcado en coordenadas más amplias que lo local (marco del Estado Español, marco europeo, mundialización), desde donde se puede analizar la situación de las relaciones de género en la sociedad vasca y ver si existen diferencias con otras de su entorno.

      Desde esta segunda perspectiva, creo que las actuales relaciones de género en el País Vasco, están enmarcadas en una organización social regida por las reglas del sistema capitalista y de mercado único que se instauró en el área europea a mediados del siglo XIX y que todavía permanece. En el País Vasco, únicamente los territorios históricos de Vizcaya y Guipúzcoa formaron parte del desarrollo industrial de finales del siglo XIX y de los años sesenta y comienzos de los setenta de este siglo. En los años ochenta, Alava y Navarra se incorporaron a este proceso de industrialización, proceso que no se ha implantado en los territorios del norte.

      Hay que decir que la incorporación de las mujeres a dicho proceso ha seguido las mismas pautas que en otros lugares del entorno; igualmente, la situación actual, tanto en el plano laboral, como en su participación en las esferas representativas del poder político, económico y cultural, no presenta diferencias con zonas próximas del Estado Español y habría que especificar las diferencias con distintos países europeos.

      El conjunto de la sociedad vasca, de forma diferenciada según la situación de personas y colectivos en la estructura social, ha participado activamente en la consolidación del desarrollo industrial y del capitalismo, dejando atrás un sistema que organizaba en gran manera su producción sobre la base al parentesco, en el cual, mujeres y hombres participaban muy activamente. En este proceso de cambio, las mujeres han tenido un papel protagonista esencial al abandonar de forma masiva el baserri y el mundo rural (del Valle, et al, 1985; Cosín, Diez, Mauleón, 1992).

      La actividad laboral extradoméstica de las mujeres no se cuestiona hoy día abiertamente, pero continúa siendo un tema polémico por las contradicciones que plantea, tanto a las mujeres como a los hombres como a la sociedad en general, el tener que compaginar una profesión, un empleo y la crianza de las y los hijos, en una sociedad que, no lo olvidemos, tiene graves problemas con el reparto del empleo.

      En este sentido, debe plantearse abiertamente una discusión en torno a la construcción y el cambio en los discursos en torno al cuidado en general, la infancia en particular y la maternidad como metáfora central que organiza la vida de las mujeres, así como en la medicalización que sufre el cuerpo y la vida femenina a lo largo del ciclo de vida (Esteban 1998, 1996, 1993; Diez, 1996), y articular esos cambios y manipulaciones en el contexto social y económico y en las necesidades de un sistema en crisis económica y de nacimientos, que potencia leyes de extranjería que rechazan de plano la solidaridad con países del llamado Tercer Mundo.

      Así, la complejidad que la participación laboral femenina, no quizás de una forma explícita pero si implícita sigue presentando en el mundo laboral actual, proviene de la articulación que en la configuración del sistema industrial y capitalista de los Estados-Nación europeos se da entre el espacio doméstico y el espacio público. El sistema capitalista se nutre para su funcionamiento del espacio doméstico, del cual extrae mayor plusvalía cuanto más separación exista entre ambos. En el origen de posibilidad de reproducción de los dos ámbitos se ha articulado un consenso o pacto interclasista, por el cual los hombres se encargarán preferentemente de lo público y las mujeres de lo privado. Los dos ámbitos colaboran por igual al mantenimiento del sistema y los dos se ven penetrados por los valores burgueses que dicho sistema contiene en su génesis y reproducción. Ahora bien, los dos ámbitos, aunque necesarios, no gozan del mismo prestigio dentro del sistema social global, el poder y el reconocimiento se dan en lo público, y la mistificación del mundo de lo doméstico por parte de los discursos dominantes, se contradicen con la necesidad del sistema capitalista en sus momentos de expansión y con la resistencia de muchas mujeres a plegarse, bien a las necesidades puntuales del ámbito público o a sus obligaciones "naturales" en el doméstico. Dentro de este mismo esquema, debería también tenerse en cuenta la forma en que los diferentes discursos nacionalistas aprovechan y utilizan, o critican y tratan de desmontar esta situación que se prolonga, con distintos matices, a lo largo de nuestra historia.

      La sociedad industrial y el mundo del trabajo asalariado obligan al individuo a la dinámica de producción; igualmente, el mundo doméstico se ha acomodado a esa dinámica y está subordinado a ella. Teóricos del trabajo como A. Gorz (1989) anuncian el final de una época en la que el "trabajo" y la "profesión" han sido los elementos básicos en la configuración de la identidad individual. El cambio que se está produciendo en la organización laboral: tecnificación, globalización y consecuente precarización del empleo, han dado paso a un mundo laboral que se define por su discontinuidad y escasez. El reparto del trabajo es un tema polémico que no está siendo abordado como la situación lo requiere; no es que sea el "fin del trabajo", como algunos han señalado, sino que paulatinamente, hay más y más personas que quedan fuera del mercado de trabajo formal y se dedican a recoger las migajas en una situación que Gorz denomina de servidumbre; así, la profesión, el trabajo fijo dejará de ser el eje vital organizativo para muchas personas, que saltarán de una actividad a otra, en una situación laboral regida por la precariedad.

      Compaginar distintas actividades es algo que las mujeres venimos haciendo desde hace mucho tiempo. Un cambio que originase una desacralización del mundo del trabajo no sería malo y podría suponer –junto con otros cambios-, una estrategia que introdujera una quiebra en el propio sistema capitalista. Sin embargo, no conviene engañarse, y de momento, parece mejor continuar viendo la organización laboral como un sistema complejo que sirve estratégicamente tanto para configurar lazos de solidaridad y defensa de intereses comunes, como diferencias sociales entre las personas. Así, por ejemplo, el tema del trabajo a tiempo parcial es una realidad en nuestra sociedad como lo es en otras del entorno. Curiosamente, distintos colectivos de mujeres creen que la posibilidad de un trabajo a tiempo parcial sería la "solución ideal" a su situación, ya que les permitiría una cierta autonomía económica, la posibilidad de contactos sociales y además atender sus obligaciones domésticas.

      La pregunta que debemos formular es: ¿hasta que punto, el trabajo parcial, surgido como una necesidad del sistema capitalista, puede servir como una estrategia vital tanto para las mujeres como para los hombres?. Por el momento, en Inglaterra y otros países europeos es una opción utilizada exclusivamente por las mujeres, no sabemos si esa situación se prolongará a lo largo de toda su vida laboral y también si es algo que va a ser utilizado por los hombres en un planteamiento distinto de las estrategias domésticas a corto y largo plazo. Tanto a un nivel micro como macro, es decir, al nivel de las relaciones del grupo doméstico y de pareja y o al del reparto del trabajo en general, si son únicamente las mujeres las que están en el mundo laboral con contratos a tiempo parcial, seguirá reproduciéndose una situación de desventaja que las mantendrá en un sistema de género jerárquico, de claras dependencias y sin capacidad para ejercer su autonomía.

      Distintas propuestas emancipatorias

      Bajo la insistencia de tener en cuenta las diferencias que existen entre las mujeres y paralelamente abordar la cuestión planteada sobre si todas las mujeres queremos participar en igualdad a los hombres en el acceso a la riqueza y al poder en nuestra sociedad actual, subyace el deseo y la necesidad de plantear de forma abierta y valiente las propuestas emancipatorias que han surgido desde las propias mujeres.

      A pesar de que la ideología dominante ha presentado generalmente al colectivo femenino como un sector pasivo y dócil, en la práctica puede demostrarse que no es así, y que las mujeres, en distintas épocas y lugares han respondido de forma estratégica a las imposiciones de los poderosos. Sin embargo, estas respuestas no siempre han entrado en confrontación directa con el sistema social global, sino que se han limitado a oponerse a imposiciones de tipo individual (Juliano, 1992).

      En confrontación directa con el sistema social, en el ámbito occidental, el Movimiento Feminista surgió como movimiento social a finales del siglo XIX (primera ola del feminismo), reivindicando el derecho al voto y a la educación para las mujeres; más tarde a finales de los años sesenta, tras el parón del período entre guerras y sus consecuencias, surgió una segunda ola feminista, al parecer sin objetivos políticos evidentes (Valcárcel, 1991), pero convulsionando tanto las parcelas del considerado "mundo privado", como del "público".

      En el conjunto del Estado Español, la primera ola del Movimiento Feminista llegó con bastante retraso –hacia 1918- con respecto a otros países europeos; es interesante constatar que no surgió un movimiento feminista en el País Vasco (ni en Cataluña) en su primera ola, aunque sí apareció en 1922 el denominado Emakume Abertzala Batza, filial del Partido nacionalista Vasco, que es definido por la historiadora M. Nash (1983) como "un movimiento de signo conservador que no cuestiona la división de esferas... y está basado en las premisas del reformismo católico y del nacionalismo conservador" (ibid, 43).

      No será hasta los años setenta, en la marea de la segunda ola feminista, cuando surjan distintos grupos feministas con diferentes planteamientos ideológicos, pero con el objetivo común de cambiar la realidad social. Esta tensión entre la necesidad de cuestionar el sistema social en su conjunto y la pluralidad de visiones que desde un comienzo están presentes en el seno del Movimiento Feminista es parte de su historia y debe ser asumido como contingente al mismo. Junto a esto, es también necesario tener en cuenta que las premisas sobre las que se construye ese sistema social global, surgen del propio sistema occidental, blanco y burgués, aspectos que han sido contestados posteriormente por el feminismo de las mujeres de color y también por mujeres del ámbito latinoamericano.

      Los tres planteamientos dentro del MF fueron primero los denominados feminismo radical, socialista y liberal (este último con poca implantación en el Estado Español). La problemática de la opresión nacional ha sido planteada desde mediados de los años setenta en el ámbito de Euskal Herria, sin embargo, no se ha producido sobre este aspecto mucha reflexión teórica. Las Jornadas de Leioa en 1977 marcaron un momento en la consolidación del MF. Dos años más tarde, en el contexto de las Jornadas celebradas en Granada, se produjo la ruptura que viene caracterizando el MF hasta la actualidad, la división entre lo que se denomina feminismo de la igualdad y feminismo de la diferencia.

      Ambos reclaman el derecho a la plena participación de las mujeres en la vida social. La quiebra entre ambos está en la forma en que se concibe al sujeto mujer en cada uno de ellos; sujeto universal en el primero, que se reclama y reconoce como vástago de la Ilustración y se erige como conciencia crítica de la misma y sujeto "mujer" el segundo, que reclama el reconocimiento de la diferencia que históricamente ha constituido lo femenino como contraposición a lo masculino y sin participar de las características negativas que definen este último.

      Hay que aceptar que en el momento actual, el MF no presenta un momento de fuerza en el ámbito organizativo y reivindicativo, pero que en los espacios académicos y especializados se han consolidado espacios y hay una gran producción intelectual. También, que se ha llevado al ámbito institucional muchas de las tareas que el MF asumió en un principio. En algunos contextos se habla ya de una "tercera ola" feminista que comienza a surgir; aunque es pronto para determinar las características que va a tener, todo hace pensar que será menos monolítico en cuanto a aglutinar visiones surgidas en marcos culturales distintos.

      Por otro lado, veo necesario plantear también la cuestión de la ideología de género, es decir, el que muchas mujeres no están de acuerdo con los planteamientos feministas en general y, en el mejor de los casos, desean una serie de cambios como es el derecho al empleo, el reparto de las tareas domésticas y quizá el derecho a una vida autónoma. Desde la perspectiva compleja y dinámica de las relaciones de género, sin embargo, se comprueba como estos cambios parciales, si bien benefician de forma individualizada y puntual a algunas mujeres, no llevan hacia la consecución colectiva de una sociedad diferente y más justa para todas y todos.


      NOTAS

      1 Este es un problema generalizable a la mayoría de aproximaciones que se hacen sobre la situación de las mujeres en Euskal Herria. Ver, por ejemplo, IPESko "Formazio Koadernoak 23.Zkia Emakumea eta Ekonomia.
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      2 Al hablar de "franquismo" hay que tener en cuenta no solamente el régimen político del Dictador, sino un conjunto articulado de fuerzas sociales. La Iglesia Católica, el mundo de la educación, gran parte del discurso médico, el sector empresarial y otras instituciones, consolidaron un espacio en el que mujeres y hombres tenían papeles específicos y muy diferentes que cumplir.
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      3 No estoy sugiriendo que el sexo sea algo dado que no se presenta también como una construcción social. Para este tema es interesante la lectura de la obra de T. Laqueur, La construcción del sexo.
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      4 Es importante introducir una matización en relación a las características que rodean la construcción social de los colectivos masculino y femenino. La filósofa Celia Amorós (1985, 1996) ha tratado en profundidad este tema y argumenta razonadamente que mientras en el colectivo masculino el reconocimiento del igual es algo constituyente del mismo, (los iguales), en el femenino es lo idéntico, lo indiscernible, lo que le caracteriza (las idénticas).
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      5 Los datos sobre reparto de tareas en la CAV confirman estas tendencias (ver EMAKUNDE, 1997); también se confirman en otros países (Lamphere, 1993).
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      6 Con motivo del cincuenta aniversario de la proclamación de los Derechos Humanos se han publicado datos recientes sobre esta situación.
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